La diócesis de Mercedes celebró Pentecostés y el inicio del Tiempo Común

Mons. Luis Eduardo González: ¡Inflamados por el Espíritu Santo vayan y den testimonio del Evangelio!

Con estas palabras, monseñor Luis Eduardo González, obispo de la diócesis de Mercedes concluyó su homilía, de la misa de la Solemnidad de Pentecostés.
La celebración eucarística se llevó a cabo ayer domingo, en la catedral Nuestra Señora de las Mercedes, presidida por Mons. Luis Eduardo, acompañado por el padre Germán Celio.
Con la Solemnidad de Pentecostés se concluye el tiempo litúrgico de la Pascua y se da inicio al Tiempo Común durante el Año y los colores de los ornamentos corresponden al verde, dejando el blanco de la Pascua.
Como símbolo de ese cambio del tiempo litúrgico se apaga el Cirio Pascual, que había sido encendido hace 50 días.

Pero, ¿qué es Pentecostés?

Es la venida del divino Espíritu Santo sobre toda la Iglesia Católica, la cual en aquel tiempo era pequeña. Estaba constituida por la Santísima Virgen, los Apóstoles y algunas personas que habían permanecido en la fe en Nuestro Señor Jesucristo, a pesar de todo lo que había soportado en su Pasión y Muerte. Y gracias a Pentecostés el número de cristianos se multiplicó de repente, más allá de toda medida de lo imaginable.
Cuando bajaron las llamas se produjo dentro del Cenáculo un gran estallido, oído en toda la ciudad de Jerusalén. Podemos suponer que ese estampido ha sido muy bonito, pues lo que Dios hace viene acompañado, normalmente, de belleza y magnitud.
Al no existir datos concretos que sean de nuestro conocimiento con respecto a la naturaleza de ese estallido, y sin que nuestra imaginación contraríe en algo la Sagrada Escritura, es lícito conjeturar lo siguiente: no se dio bajo la forma de una detonación de artillería, que aún no existía, sino como una explosión armónica y angélica.
La palabra “explosión” lleva consigo la idea de caos, pues significa la demolición de algo a través de la descomposición de sus elementos internos. Se trata de una destrucción, generada y seguida de desórdenes.
En el descenso del divino Espíritu Santo pasó precisamente lo contrario: era la venida de aquel que es el Creador, el orden, la buena disposición de las cosas. Sería natural, por tanto, que en aquella explosión —empleada en el sentido de la irrupción brusca, fuerte y enfática— los sonidos fueran angélicamente bellos y concatenados, a semejanza de ciertas músicas iniciadas con una retumbante apertura.

Fotos: Gentileza de Maxi De la Cruz G.

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