En el Día de la Gestión Cultural del Uruguay, una frase llegada desde las redes abre una reflexión sobre una profesión que sostiene procesos, ordena sentidos y reclama reconocimiento real.
Escribe: Sergio Pérez, Gestor Cultural. Instagram: @sp.gestioncultural.
“Se nota el buen trabajo que hacen. En donde no están, también se nota, penosamente.” La frase apareció en redes sociales como saludo por el Día de la Gestión Cultural y tuvo la fuerza de esas observaciones que parecen simples hasta que uno se detiene a pensarlas. Allí hay una verdad incómoda y necesaria: la gestión cultural deja huellas cuando está presente, pero su ausencia también habla, y a veces habla demasiado fuerte.
Este 4 de setiembre, Uruguay celebra el Día de la Gestión Cultural, fecha establecida por la Ley N.º 20.199. La jornada invita a saludar, reconocer y pensar una tarea que durante años fue nombrada de manera difusa, confundida con la buena voluntad, el entusiasmo personal o la capacidad de “dar una mano”. Hoy corresponde decirlo con claridad: la gestión cultural es una profesión.
Trabajar en cultura implica mucho más que organizar actividades. Supone leer un territorio, reconocer sus memorias, identificar actores, construir vínculos, escribir proyectos, gestionar recursos, comunicar con precisión, cuidar instituciones, acompañar artistas, preservar patrimonios y generar condiciones para que las ideas lleguen a convertirse en experiencias públicas.
Cuando ese trabajo está bien hecho, muchas veces parece invisible. Se ve la sala llena, el libro presentado, el museo activo, la muestra inaugurada, la convocatoria ordenada, la agenda difundida, el artista acompañado, la comunidad reunida. Lo que queda detrás es una arquitectura de gestiones, llamadas, textos, acuerdos, permisos, tiempos, presupuestos y decisiones que permiten que todo eso ocurra.
Por eso la frase del seguidor golpea con tanta precisión. En donde no están los gestores culturales, también se nota. Se nota en la improvisación, en la falta de continuidad, en los patrimonios sin relato, en las instituciones que sobreviven sin planificación, en los artistas convocados a último momento, en los proyectos que quedan en intención porque nadie los formuló con rigor.
También se nota cuando están, pero se los invisibiliza. Allí aparece una de las formas más frecuentes de precarización cultural: reconocer el resultado, agradecer el esfuerzo y evitar nombrar el trabajo profesional que lo hizo posible. Se aplaude la actividad, se celebra la convocatoria, se comparte la foto, pero se pasa por alto la tarea que sostuvo el proceso.
Durante demasiado tiempo se pretendió que la cultura funcionara con favores, militancia afectiva y trabajo honorario. Esa costumbre parece noble, pero termina siendo injusta. El compromiso cultural no puede convertirse en excusa para negar remuneración, condiciones dignas y participación real en las decisiones.
El amor por la cultura existe y sostiene mucho. Pero ningún campo profesional puede vivir únicamente del amor. La cultura necesita sensibilidad, sí; también necesita planificación, presupuesto, formación, evaluación, comunicación, archivo, técnica y responsabilidad. Cuando esas dimensiones se desconocen, lo que se debilita no es solamente el trabajador cultural: se debilita la comunidad.
La gestión cultural requiere una mezcla exigente de saberes. Hay que comprender el valor simbólico de una actividad y, al mismo tiempo, resolver su viabilidad concreta. Hay que tener lectura estética, capacidad administrativa, criterio institucional y escucha territorial. Hay que saber cuándo una idea tiene potencia y qué camino necesita para no perderse.
En el interior del país, esta tarea adquiere una dimensión todavía más profunda. Allí donde muchas veces los recursos son escasos y las distancias pesan, el gestor cultural se vuelve puente: entre artistas y públicos, entre instituciones y oportunidades, entre memoria local y circulación nacional, entre patrimonio y futuro.
Desde Cardona, esta realidad se ve con nitidez. La gestión cultural atraviesa museos, sociedades criollas, archivos, música, literatura, estaciones ferroviarias, fiestas populares, proyectos patrimoniales, espacios educativos y redes comunitarias. Cada acción cultural seria exige trabajo previo, mirada estratégica y compromiso con el territorio.
En mi recorrido he aprendido que gestionar cultura es escuchar antes de proponer. Escuchar a quienes conservan recuerdos, a quienes sostienen instituciones desde hace décadas, a quienes crean en silencio, a quienes tienen documentos guardados, a quienes necesitan ayuda para ordenar una idea, a quienes esperan que alguien transforme una inquietud en proyecto.
También he aprendido que la gestión cultural debe levantar la voz cuando corresponde. Levantarla con respeto, pero con firmeza. Levantarla para recordar que esta tarea merece reconocimiento profesional. Levantarla para decir que una comunidad que descuida su cultura pierde capacidad de narrarse, de reconocerse y de proyectarse.
Posicionarse en este campo no debería confundirse con vanidad. Quienes trabajamos seriamente en gestión cultural tenemos la responsabilidad de asumir una voz pública, porque muchas veces somos quienes vemos el proceso completo: la memoria que falta ordenar, el artista que necesita apoyo, el patrimonio que reclama cuidado, la institución que requiere planificación, el público que espera acceso.
Un gestor cultural no reemplaza a la comunidad. La acompaña. No sustituye al artista. Lo potencia. No se apropia del patrimonio. Lo pone en circulación con cuidado. Su tarea consiste en crear condiciones para que las cosas sucedan con sentido, calidad y continuidad.
El reconocimiento de esta profesión debe pasar del saludo ocasional a las decisiones concretas. Hace falta remunerar el trabajo, consultar a quienes saben, incorporar gestores culturales en equipos técnicos, abrir espacios de formación, fortalecer políticas territoriales y comprender que la cultura no se sostiene únicamente con buena voluntad.
La frase “en donde no están, también se nota, penosamente” deja una advertencia clara. La ausencia de gestión cultural tiene consecuencias: oportunidades perdidas, memorias dispersas, actividades sin profundidad, instituciones debilitadas, comunidades menos conectadas con su propia identidad.
Celebrar el Día de la Gestión Cultural del Uruguay debería servir para algo más que felicitarnos entre colegas. Debería servir para poner sobre la mesa una verdad elemental: la cultura necesita profesionales capaces de pensarla, organizarla, defenderla y proyectarla.
Quienes gestionamos cultura trabajamos muchas veces lejos del centro de la foto. Pero sabemos que cada proceso bien construido deja una marca. Y cuando esa tarea falta, el vacío se nota. Penosamente, se nota.